Por un lado...
Necesitaba ese espacio.
Yo juro que intentaba acoplarme a lo mismo de siempre,
con la misma naturalidad con la que fluye el aire, y yo solía fluir.
Y ese espacio,
yo no conocía ese espacio,
no del todo,
pero debía acercarme, pensarlo,
tal vez quererlo,
para encontrar en el resto lo que buscaba árduamente en él.
Entonces lo hice,
me acerqué casi sin ver,
pero muy confiada en mis pasos,
sea lo que sea que pasara, solo yo estaría caminando.
Más me aproximaba, más me alejaba,
quedaban atrás aquellas cosas que me hacían tan bien,
ya casi no recordaba lo que era mirar a alguien a los ojos,
y decirle...
Pronto dejó de importar lo que olvidé.
Nuevas oportunidades vendrán cuándo esté dispuesta a abordar.
Pero sin esperar.
Sin, sin, sin hacer nada.
Pero en la misma nada creo, que hay un todo,
así como sonido en el silencio,
¿silencio en el sonido?
En fin, me dí cuenta que yo hacía y mucho.
Pude apreciar, desde la lejanía,
mi tan conocido exterior.
A veces conocemos,
pero no por última vez.
Necesitaba un tiempito para permitirme intentar no pensar demasiado.
Para vaciarme del contenido que molestaba,
y lo que en el trayecto se perdía, no importaba.
Tuve miedo al pensar, si alguna vez regresaría,
sentí vertigo, incertidumbre,
fui vulnerable ante los cambios bruscos,
y también los lentos.
Empecé a alejarme del espacio,
pero de a poco, sabiendo que ya lo reconozco.
Cuándo volví a ver,
ya de cerca y sin anteojos,
recordé que no siempre fue igual,
que todo seguía girando,
y constantemente cambiando.
Incluída yo.
Necesitaba dejar de ver para ver nuevamente, con más espontaneidad,
y la paz que supone gozar,
de ese sentido tan lindo,
como oir y saber escuchar,
tocar,
hablar, y cantar,
oler palo santo,
o degustar, y con tu lengua saborear.
Fue bueno haber conocido ese espacio,
que como otros,
me acercó un poco más,
a todo lo demás.
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