A ro ró mi niño,
a ro ró, mi Sol,
duérmete pedazo,
de mi corazón.
Y tan pronto como esas palabras
fluyeron dulcemente,
el hombre, niño,
despertó, en vez de dormirse.
Era dueño de una bronca ingenua,
la de sentirse desafiado,
acorralado u observado.
Pero era bronca pasajera,
de la que pasa con un buen frasco de buena birra.
Jamás volvimos a hablar de ello.
Y creo que jamás lo haremos.
No sé si hubo otras birras para él,
en mi caso las hubo.
Pero ahora canto otras canciones,
porque el momento es otro.
Y él tiene rabias distintas
y varias alegrías.
Lo sé porque lo vi entusiasmado tocando la guitarra,
y lo vi bailando,
pasada la madrugada.
Lo sé porque lo vi entrando al baño,
habiendo una mina adentro,
cagándose de la risa,
con un frasco en la mano
y todos los pelos revueltos.
La canción siempre cambia,
lo que no cambia es que siempre hay
algún frasco problemático,
que interfiere en el medio de la canción,
y se convierte rápidamente en estribillo.
Y, ¿qué se puede hacer?
Hay que cantarla otra vez.
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