domingo, 19 de agosto de 2012

A Esteban Costa (1980-2008)

Fue un pequeño y un gran mundo,
a una edad muy temprana.
Cuando el Sol no era el mismo que el que es hoy,
y las palabras, las que él escribía,
eran respuestas y preguntas,
que no podría yo responder, 
aunque en ello pusiera todo mi interés y saber.
Mucha vida, juventud divina.
Como muchos dicen, 
pero no muchas veces demuestran.
Pensamiento crítico, 
gusto y admiración por la simpleza,
la simpleza de las cosas, simples,
la simpleza de lo que es realmente importante.
De amaneceres,
de mates y amistades,
compañías a la luz de la luna.
En cualquier parte.
Costa, cuesta del todo imaginarte,
poderte ver, oírte en mi cabeza.
Pero te entendí, en la medida que pude y supe,
y te leí, te recité, y me sentí atraída, 
despojada de prejuicios,
y amargas experiencias vacías,
porque yo también era comprendida,
mientras te comprendía.
Yo te quise, aunque no te haya perdido nunca.
Necesitabas poco para ser feliz,
pero la infelicidad de los otros te llegaba hasta el nervio más interno, e irrelevante,
te hacía hervir la sangre, querer gritar,
a veces salir a matar,
pero en vez de eso,
lo volcabas todo,
en hojas de papel.
Me hablaste a mí, eso sentí,
mientras te hablabas a vos mismo.
Espero que le hayas hablado a muchos,
y que lo sigas haciendo.
Que te sigan leyendo, Esteban.
Para que los ayudes a seguir creciendo,
no en vano, no al pedo,
que se nutran con tus ideas, y tantas otras,
y como semillas, que muten,
transformen, germinen,
y conviertan en flores, aquellas penas y dolores,
que algunos de nosotros supimos y sabemos percibir,
a costa, querido Costa, de la vulnerabilidad que ello supone.
Y supuso.
Sabiendo que es muy probable,
que estando tan cerca del fuego, 
acabes quemado.
Pero no siendo cenizas.
No. Nunca.
Vos no naciste, 
ni viviste para eso.
Las cenizas no hablan, no escriben, no cuentan historias.
No tienen anécdotas, no sienten el calorcito del Sol en la piel,
no tienen piel.
No sienten las injusticias, no ríen, no lloran.
No pueden ser felices.
No saben lo que es una tormenta,
ni un nuevo día.
Jamás podrías ser ceniza.
Te hablo a vos, Esteban Costa,
porque fue un gusto conocerte.

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