miércoles, 27 de enero de 2016

Pesadilla de un día de verano

La casa se desmoronaba,
mi amor no llegaba,
no podía comunicarme,
no podía ir a bañarme,
porque no podía moverme.
No podía siquiera reproducir música.
Se inundaba todo a mi paso,
por debajo las aguas se volvían turbulentas,
destrozaban el cemento a su paso.
Aún no puedo comunicarme.
No entiendo qué hay detrás de esas paredes,
quién me mira desde la vereda de en frente,
qué hay ahí entre las rendijas de madera,
esa madera que aparenta proteger la casa.
Logro moverme,
voy hasta el baño,
no me he movido,
todavía no me despierto,
no puedo despertar.
Intenté escribirte,
intenté decirte,
intenté contarte lo que me estaba pasando,
había un motivo para no llegar a tiempo.
La casa se desmoronaba,
y vos no estabas.

lunes, 11 de enero de 2016

Nunca lo han merecido

Ésta es la ciudad de los desperdicios.
De las cosas innecesarias,
de personas y sentimientos artificiales,
de locura racional y raciocinio cínico.
Éste es el lugar que siempre aparenta,
aparenta ser real,
aparenta no juzgar,
aparenta bienestar.
El mismo lugar en el que la apariencia engaña,
la mentira es la verdad,
la propuesta encarcelar,
el bien, la desigualdad.
La ciudad de lo prescindible,
donde domina la ortodoxia del desalmado,
hay un pasado incomprendido,
hay un futuro boicoteado.
Y los libros estaban todos equivocados, decían.
Las pantallas eran dioses,
imágenes y palabras vacías,
se convirtieron en profetas y religiones.
Por millones y millones de años,
esta ciudad le dio forma a su propio fin.
Le dio muerte a la vida,
y miró frente a frente la cara del diablo.
Perdón por robarte todo el trabajo.
No hay nada que perdonar,
contestó el ser del infierno.
Yo planté este cimiento,
construí estas raíces,
sabiendo que ustedes mismos,
lograrían acabar con el cielo.
Con la tierra destruida,
los mares contaminados,
toda vida enjuiciada o perdida,
la ciudad de los desperdicios.
Y Diós no existe porque nunca lo han merecido,
ningún héroe salvará a quién se encuentre distraído.