Te quiero loco.
Te quiero loco y a pesar de eso.
Te quiero loco porque sos impredecible,
aunque siempre hagas lo mismo.
Te quiero loco por las mañanas,
loco por las tardes,
loco por las noches.
Te quiero loco porque junto a vos me siento cuerda.
Te quiero loco porque junto a vos mi locura se exacerba pero sin que se note, sin que se sepa.
Te quiero loco, y locas tus palabras,
locas tus miradas,
locas tus mentiras inocentes,
y todas tus verdades, locas.
Loco,
loca...
Loco,
te quiero loco.
Te quiero loco porque sos grande y también pequeño,
porque sos fuerte y débil al mismo tiempo,
porque seguido te gusta hablar bien de vos mismo, pero sos bastante inseguro y careces de mucho optimismo,
querés escuchar, pero hablás sin frenos,
tenés historias que contás mil veces, y a la mil una te acordás que ya has relatado el evento,
y yo no te lo había hecho notar hasta el momento,
porque más allá de eso,
la historia no era mala,
oírte me resultaba placentero.
Loco, sí,
así te quiero.
Porque mi locura precisa un buen acompañante,
y el sentimiento no acompaña a la razón.
Ese es el mayor motivo por el que loco te quiero,
no hay racionalización posible para este querer y sin embargo...
Si le busco explicación,
de la realidad me alejo,
mientras más lo pienso,
menos entiendo,
si le doy muchas vueltas me pierdo,
y así es el querer a alguien loco,
así es el querer loco,
así es el querer,
porque quiero locamente, a vos te quiero.
domingo, 22 de diciembre de 2013
jueves, 19 de diciembre de 2013
La magia siempre es puesta en duda
Me encontré una moneda de un centavo.
Luego la perdí, así, con la misma facilidad.
Completa ausencia de intencionalidad.
Fue que decidí y actué en consecuencia,
al momento de guardarla en mi bolsillo.
Sin saber muy bien por qué...,
pero creyendo que era la mejor opción ante la otra posibilidad,
seguir caminando y tal vez más tarde, olvidando.
Olvidando aquella vez que creí perder una oportunidad.
A fin de cuentas no muchas personas le darían importancia a una moneda de un centavo a un costado de la calle.
No es que haya analizado a conciencia la situación que se me presentaba en ese preciso momento,
fue algo más cercano a lo instintivo.
Lo que hice fue tomar,
guardar,
conservar,
secuencia socialmente aceptada,
desde tiempos inmemoriales.
Pero debido a su incapacidad -de la moneda-,
de ser utilizada como medio de pago significativo...
la pequeñez del valor otorgado a la misma.
De algún modo pensé que me influenciaría,
y ese modo tendría algo de mágico,
al menos más mágico que el cotidiano intercambio comercial que se realiza en cualquier supermercado, kiosco, medio de transporte público.
Sin darle demasiada relevancia consciente,
adjudiqué a aquella moneda propiedades divinas,
que por destino o por azar,
a mí me traspasaría...
Por el solo hecho de haber actuado en el justo momento como debía,
Sin ninguna clase de previsión o calculabilidad racional,.
Como no creo en el cálculo racional,
porque no dejo de decepcionarme al ponerlo en práctica...
pero tampoco demasiado en lo circunstancial,
lo ocasional, las coincidencias con suerte, y esas cosas...
No me preocupé mucho al descubrir que mi tesoro,
-le llamo tesoro porque soy un ser contradictorio, bueno, como todos los otros-,
ya no se encontraba donde yo lo había dejado.
La magia siempre es puesta en duda,
si ocurre,
maravilla y sorprende.
Pero si no,
jamás hubieron tantas expectativas como para entristecer.
Yo la moneda de un centavo que encontré a un costado de la calle,
la tomé,
la guardé,
pero no la conservé.
Así que tengo derecho a ponerme un poquito triste,
la magia siempre es puesta en duda,
y yo sigo dudando.
Luego la perdí, así, con la misma facilidad.
Completa ausencia de intencionalidad.
Fue que decidí y actué en consecuencia,
al momento de guardarla en mi bolsillo.
Sin saber muy bien por qué...,
pero creyendo que era la mejor opción ante la otra posibilidad,
seguir caminando y tal vez más tarde, olvidando.
Olvidando aquella vez que creí perder una oportunidad.
A fin de cuentas no muchas personas le darían importancia a una moneda de un centavo a un costado de la calle.
No es que haya analizado a conciencia la situación que se me presentaba en ese preciso momento,
fue algo más cercano a lo instintivo.
Lo que hice fue tomar,
guardar,
conservar,
secuencia socialmente aceptada,
desde tiempos inmemoriales.
Pero debido a su incapacidad -de la moneda-,
de ser utilizada como medio de pago significativo...
la pequeñez del valor otorgado a la misma.
De algún modo pensé que me influenciaría,
y ese modo tendría algo de mágico,
al menos más mágico que el cotidiano intercambio comercial que se realiza en cualquier supermercado, kiosco, medio de transporte público.
Sin darle demasiada relevancia consciente,
adjudiqué a aquella moneda propiedades divinas,
que por destino o por azar,
a mí me traspasaría...
Por el solo hecho de haber actuado en el justo momento como debía,
Sin ninguna clase de previsión o calculabilidad racional,.
Como no creo en el cálculo racional,
porque no dejo de decepcionarme al ponerlo en práctica...
pero tampoco demasiado en lo circunstancial,
lo ocasional, las coincidencias con suerte, y esas cosas...
No me preocupé mucho al descubrir que mi tesoro,
-le llamo tesoro porque soy un ser contradictorio, bueno, como todos los otros-,
ya no se encontraba donde yo lo había dejado.
La magia siempre es puesta en duda,
si ocurre,
maravilla y sorprende.
Pero si no,
jamás hubieron tantas expectativas como para entristecer.
Yo la moneda de un centavo que encontré a un costado de la calle,
la tomé,
la guardé,
pero no la conservé.
Así que tengo derecho a ponerme un poquito triste,
la magia siempre es puesta en duda,
y yo sigo dudando.
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