Sé hacia donde estoy yendo.
Sé que miro sin demasiado disimulo los rostros y gestos de quienes recorren parte de mi camino, por medio del mismo bondi número seis.
Sé que al chofer le resultó extraño que le diga: "Gracias", tras pagar uno con veinte en monedas.
Sé que hay un chico que me mira mucho, pero que al cruzar sus ojos con los míos, se pone un poquitito nervioso y gira la vista hacia un lado o pretende observar detenidamente (casi como si las estuviera viendo por primera vez) sus zapatillas gastadas marca Toper.
Sé que en los asientos que tengo justo en frente, están sentados madre e hijo y que aprovechan su largo viaje para hablar de sus vidas y conocerse un poco más.
Sé que un hombre (a mi parecer un poco extraño) observa todo y a todos los viajantes con cara de persecución y paranoia. Tal vez, déjenme adivinar, se trate de un tipo acomplejado. Además les cuento que se está quedando pelado.
Y sé que una señora de edad considerable, con excesivo delineador y rimel negro alrededor de sus ojos (también negros) y un rojo furioso sobre sus labios, pretende con éxito no fijarse en nadie. Pero yo sí la miro, y veo en la marcada expresión de su rostro pintarrajeado, miedo y rigidez extrema. Y cuando ella por fin posa sus ojos en mí (descubriendo que mis ojos le responden) rápidamente voltea hacia la ventana con una cara de susto que asusta. No intentes verla directo a los ojos, si no quieres incomodarla.
Sé que esa joven de pelo rubio y claro, vistiendo ropa simple, se dirige a su destino pensativa, transmitiendo gran tranquilidad y calma, que se expande por más interior que sea. Y sé que mi actitud expectante la llama irremediablemente a romper con los códigos bondineros y esbozar una pequeña sonrisa cómplice, para luego continuar con su vistaje de postes y luces de ciudad.
Sé que estos personajes jamás se enterarán de que en este escrito ellos están.
Y sé que al menos alguno de ellos pudo percibir de mí alguna verdad, pero no lo escribió ni lo hará.