Extraño esa ternura,
extraño ese "poder todo".
Esa magia que tanto me hace reír,
esa locura que jamás me haría sufrir.
Salvo que no la tenga conmigo,
como ahora que de tanto amar,
de tanto querer,
te alejas un poquito,
o mucho,
muchísimo,
y siento que lo pierdo todo,
y que lo "puedo nada".
Del todo a la nada en un instante,
como ese corazón que ahora late.
Que la impotencia se apodera de mí,
como aquel día en que nací.
Dependía puramente de la bondad ajena,
de que me cuiden,
de que me quieran,
sin importar mis fuerzas,
mis defensas,
indefensa.
Sí,
indefensa,
así estoy ante ese amor,
así estoy ante el dolor,
ese que aparece cuando se fuga el cariño,
cuando dejas de mirarme de ese modo tan genuino,
cuando no te tengo cerca,
irradiando sol y certezas.
Pero es que,
¿todo lo que queda son mentiras?,
¿todo lo que queda son las ruinas?,
aquello que se construyó en segundos,
segundos eternos como los que construyeron el mundo,
piedritas de colores, y un par de gestos tuyos,
¿todo aquello se evaporó en un minuto?,
¿no hay nada por acá que no sea nulo?
Me niego a creer que se acaba lo profundo,
me niego a pensar que termina y sigo,
sigo desperdiciando palabras en continuo,
sigo sintiendo un profundo vacío.
Lleno de esperanzas desesperanzadas,
de esas que no se van ni aunque les pegues patadas,
y lo digo porque lo intenté,
sacar a golpes lo que me pasaba,
pero solo yo los recibía,
solo yo los entendía,
y no alcanzó con un poco de rabia contenida.
Falta que aparezca un nuevo horizonte,
algo que de lejos se aprecia como norte,
algo que me impulse a caminar sin titubear,
y me enamore nuevamente,
de su encanto transparente.
Transparente como la duda misma,
que de tan confusa se vuelve nítida,
real como el deseo y la vida.
Pero ¿qué hablo de vida?,
si no la comprendo todavía...
jueves, 29 de agosto de 2013
martes, 13 de agosto de 2013
Cambiar lo que puede cambiar
La realidad es todo,
lo que nos gusta y lo que no.
A lo que estamos acostumbrados,
y lo que de pronto aparece y nos recuerda que hay tantas cosas por conocer.
También aquello que jamás conoceremos,
aún queriendo conocerlo todo.
No alcanza,
no me alcanza,
me sobra,
me falta.
No es que me moleste como eres,
simplemente puedo ver,
-y digo ver porque no encuentro otra palabra más acorde-,
esa carita que antes reía,
y que ahora por tu pasajera ceguedad,
se encuentra sumida en un oscuro pesar.
Un pesar que me llega,
que me encara,
y me da un par de golpes,
si estoy un poco distraída.
Un pesar que me prohíbe mirar para otro lado,
me corrijo,
yo me lo prohíbo,
mejor dicho se me impone.
Se me impone que se me presente la realidad tal cual es,
y no me creo ningún dios al decirlo,
así que lo repito,
tal cual es.
Contradicciones que jamás desaparecerán,
comunicación,
y mucha descomunicación,
esa que está acompañada de palabras por doquier y letras a granel.
Hablas con una lógica que no me interesa en lo más mínimo entender,
y perdón por ofender.
Escribo y la lágrima se seca,
pero sé que existió para darme cuenta,
de que uno no elige lo que lo afecta.
Uno no elige entender,
pero sí puede elegir esconder.
Somos capaces de volver a tropezar mil veces con la misma piedra,
por el simple hecho de no querer reconocer que siempre seguirá siendo la misma,
por esperar que mágicamente se transforme en piedra buena,
de esas que solo existen en nuestra mente,
esas que tienen la capacidad de hacerse a un costado para dejarnos pasar.
La verdad es que solo nosotros podemos cambiar,
y esquivarla para avanzar.
Tal vez amemos a aquella piedra,
tal vez amemos a la piedra mágica de nuestro soñar,
pero la piedra en el camino que nos hace tropezar,
piedra en el camino quedará.
Es cuestión de elegir no olvidar lo que nos hace mal,
porque si una vez lo hizo,
siempre lo hará,
salvo que cambiemos de ruta al caminar.
lo que nos gusta y lo que no.
A lo que estamos acostumbrados,
y lo que de pronto aparece y nos recuerda que hay tantas cosas por conocer.
También aquello que jamás conoceremos,
aún queriendo conocerlo todo.
No alcanza,
no me alcanza,
me sobra,
me falta.
No es que me moleste como eres,
simplemente puedo ver,
-y digo ver porque no encuentro otra palabra más acorde-,
esa carita que antes reía,
y que ahora por tu pasajera ceguedad,
se encuentra sumida en un oscuro pesar.
Un pesar que me llega,
que me encara,
y me da un par de golpes,
si estoy un poco distraída.
Un pesar que me prohíbe mirar para otro lado,
me corrijo,
yo me lo prohíbo,
mejor dicho se me impone.
Se me impone que se me presente la realidad tal cual es,
y no me creo ningún dios al decirlo,
así que lo repito,
tal cual es.
Contradicciones que jamás desaparecerán,
comunicación,
y mucha descomunicación,
esa que está acompañada de palabras por doquier y letras a granel.
Hablas con una lógica que no me interesa en lo más mínimo entender,
y perdón por ofender.
Escribo y la lágrima se seca,
pero sé que existió para darme cuenta,
de que uno no elige lo que lo afecta.
Uno no elige entender,
pero sí puede elegir esconder.
Somos capaces de volver a tropezar mil veces con la misma piedra,
por el simple hecho de no querer reconocer que siempre seguirá siendo la misma,
por esperar que mágicamente se transforme en piedra buena,
de esas que solo existen en nuestra mente,
esas que tienen la capacidad de hacerse a un costado para dejarnos pasar.
La verdad es que solo nosotros podemos cambiar,
y esquivarla para avanzar.
Tal vez amemos a aquella piedra,
tal vez amemos a la piedra mágica de nuestro soñar,
pero la piedra en el camino que nos hace tropezar,
piedra en el camino quedará.
Es cuestión de elegir no olvidar lo que nos hace mal,
porque si una vez lo hizo,
siempre lo hará,
salvo que cambiemos de ruta al caminar.
ZigZaguear
No quiero vivir la vida en partes.
No quiero vivir la vida en mitades.
Y menos mitades buenas,
mitades malas.
Mitades sanas,
mitades enfermas.
Mitades afuera, y adentro,
mitades en ningún lugar.
Me preguntaste como caminaba,
te contesté que depende.
Me pareció lo más coherente responderte eso,
pues mi caminar cambia según el momento.
Ahora bien, quiero creer que los pies son siempre los mismos,
aunque pisen la tierra, piedras, cemento.
Quiero creer.
Pero, ¿qué pasa si caminamos juntos?,
y nuestros momentos son diferentes.
¿Qué pasa si camino rápido?,
¿y lento?
¿Qué pasa si uno se queda atrás?,
el que llegó más lejos, ¿esperará?
Quiero creer que sí.
Pero no alcanza con creer,
y menos con querer.
Quienes dicen querer es poder,
te mienten.
Te lo digo yo,
que no se nada.
Te lo digo yo,
que hago lo que quiero,
y lo que no quiero.
Te lo digo yo,
que creo mucho,
pero de tanto creer,
zigzagueo sin terminar de ponerme de acuerdo con mi parecer.
Espera,
¿Qué decís?
¿Qué los locos son los únicos que caminan en línea recta?,
creo lo mismo.
Sí, creo.
A veces quisiera ser una de ellos,
y algo me dice que no podría,
que estaría mucho más perdida.
Pero claro,
nadie lo notaría,
y eso es una ventaja.
¿No?
¿No lo es?
Acaso, ¿No te importa lo que vean?,
¿lo que piensen?,
¿lo que crean?
Sería mucho más fácil si zigzaguearas conmigo,
porque todos somos espejos,
aunque nos creamos muy distintos.
A mi no me preocuparía que vayas a otro ritmo,
que esa melodía que a mi me emociona,
a vos te de lo mismo.
No me preocuparía que te guste la Luna,
así como a mi me gusta el Sol,
ni que por las noches rías,
aún si yo estoy llorando.
Solo te pido que intentes que ría contigo,
y que si no lo lograras,
no trates de convencerme de que para llorar no hay motivos.
Yo nunca te pediré que llores conmigo.
Debes tener en cuenta que los locos,
nos dirán que los locos somos nosotros,
y por pensar que el zigzag es contagioso,
querrán que nos amoldemos o por lo menos nos alejemos.
¿Estás listo?
¿Estás lista?
Yo también.
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