lunes, 30 de julio de 2012

Palomas

Vivía, él vivía sin preguntarse qué es vivir ni cómo se hace. Él viajaba y conocía mil lugares a donde siempre podría volver. Él tenía mil hogares y ríos en donde bañarse. Él solía dormirse temprano, pero para él, temprano eran las tres de la madrugada. Luego de días de puro caminar, hablar con extraños que pronto dejaban de serlo, ir y venir en busca de agua caliente para el mate, y lo que sea que se le pueda untar a las tostadas. Luego del agotamiento que te produce estar tirado bajo los rayos del Sol hasta que se empieza a esconder de nuestra percepción para darle paso a la Luna y su esplendor. Luego de cantarle a ella, que siempre está, y a todas las estrellas que se dejan ver desde acá. 
Cuándo era pequeñito, ya sentía profundamente la fiel compañía de la Luna, y se sentía tan importante, que creía que Ella lo seguía. Lo cual es bastante lógico considerando que donde quiera que estés, alcanza con mirar hacia arriba para verla. Pá, ¡la Luna nos sigue!. No hijo, La Luna no nos sigue a nosotros, estamos tan pero tan lejos de ella, que la vemos sin importar el lugar en el que estemos. 
Él no entendía la relación entre la lejanía y el ver, pero tras algunos años más de creer que a la Luna le interesaban sus pasos, terminó por dejarse convencer, aunque sin perder jamás ese cariño especial que uno le tiene a quién le acompaña incondicionalmente.
Ya van muchos días desde que lo conocí. Millones de días. Años y años para simplificar. Y siento que aún no lo conozco, presiento que no me alcanzará la vida para terminar de descubrir todo aquello que a su ser conforma. Y lo prefiero así.
Hace poco tiempo, lo encontré en una placita a la vuelta de mi casa, estaba recostado en uno de esos asientos de cemento, que se calientan rápidamente, tras pocos minutos de Sol pleno. Observaba detenidamente la actitud de dos palomas que se encontraban a muy poca distancia, parecía pensativo y esbozaba una pequeña sonrisa de comprensión. No tuve el valor para acercarme, no quería distraerlo con más de lo mismo, un "¿Cómo estás?", y "Chau, seguro nos volveremos a encontrar". Me pareció que era más valioso dejarlo estar y contemplar.
Me quedé unos pocos minutos viendo, recordé una conversación que habíamos tenido mucho tiempo atrás, acerca de las palomas y la humanidad. Él me decía, que su cerebro no entendía, ese desprecio sobre natural, que la gente tiene por aquellas criaturas con alas que rondan por las plazas y edificios de ciudad. "¿Por qué?" Me preguntaba, se preguntaba, "¿Por qué ese odio sin sentido? Acaso nos molesta no ser la única plaga en este mundo... Acaso nos molesta que se coman nuestras sobras sin pedir permiso, y luego vuelen en busca de algo distinto. Es que los seres humanos somos vanidosos y miedosos, nos creemos más, así pensamos. Lo diferente nos asusta y nos sentimos acorralados, nuestra inseguridad y el sabernos finitos, nos hace mirar con desconfianza, cualquier ser que nos pueda llegar a superar, y peor si nos iguala en cantidad. Pues quizás sea por eso que a las palomas se las desprecia. Por suerte no todos, por más humanos que seamos." 
Se acaloraba cuando hablaba de algo que lo indignaba o simplemente le molestaba.
Seguí mi camino, recordando viejas historias, conversaciones infinitas y abrazos de reencuentro.
Supe que se había ido de Buenos Aires, no sé exactamente cuándo, ni en qué, tal vez a pie, y mucho menos hacia donde fue, o está yendo en este momento. 
A veces lo extraño, y espero que se me aparezca de sorpresa, me toque timbre o golpeé mi puerta. Mientras tanto vivo, aunque sin él, y agradezco haberlo conocido.
Comencé diciendo que él vivía, pero prefiero el tiempo presente para describirlo. Corrijo, él vive sin preguntarse qué es vivir ni cómo se hace. Él vive.

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