La luz estaba en sus ojos.Cuándo me dijo que sentía, en lo más ondo de su ser, aquella fantástica obra de vida, quice abrazarlo y no despegarme jamás. Quice expresarle que yo también sentía. Creo que su luz se debía a su oscuridad, que no puede haber una sin la otra, lo sabemos, y lo mismo pasa con las personas. Quién no ha sentido tristeza, no puede sentir tan naturalmente la alegría, quién no entiende lo que es una lágrima en la mejilla, no puede entender la maravilla de la sonrisa. Y mucho menos de la risa, la risa fuerte y clara, la atolondrada, la que se expande por todo el cuerpo y el alma, nace en algún rinconcito profundo de uno, hasta volverse gigante, tan gigante que la garganta no alcanza a abarcarla, los sonidos se vuelven locos y se mezclan y aparece un Ajajaj ehhhhhjejej ihhihiiiijijiji, y ahí es cuándo todos nos reímos porque la risa genera más risa.
Creo que pude entenderle, y creo que pude sentirle, no sé si conocerle, por suerte, ahí se habría acabado la magia.
Me quedo con un rostro, me quedo con la expresión de sus ojos, de su boca, y hasta de su nariz, por qué no?
Me quedo con su mirada, que se escapa de todo entendimiento, que invita a imaginar lo que no se puede ver ni pensar. Me quedo con el calor de su mano, en mi mano, con mi mano. Me quedo con la delicia del contacto tierno, del abrazo que pudo ser beso, sabiendo que no debía convertirse en ese momento, y que bastaba, como le basta jugar a un niño, aunque no tenga un avión, un auto o una gran casita de muñecas, como le basta a un artista con su inspiración, como me basta mi vida en este momento para ser feliz.
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