Es como una avalancha, que de pronto, choca contra mí, y yo no choco, me quedo ahí, inmóvil , sin entender mucho qué y cómo pasa y ya está pasando.
La tensión no la notaba, antes de tener que huir, definitivamente, porque todo se revolucionaba mientras yo ni miraba. Y lo increíble, es que soy la protagonista, la presa fácil, a la que ubican en medio de la historia de la que me hubiera gustado no participar.
Me hago cargo de lo que digo y hago, de lo que callo, pierdo y gano, me hago cargo de cada gesto. Pero no te reconozco ninguna falla, porque no te conozco, no me interesás, y me limito a lo imprescindible, lo necesario para nuestra mínima necesaria comunicación.
Si te motivo lo peor de vos, será que soy muy buena, y eso te afecta. Mi indiferencia, hace que quieras resaltar aún más. Mi estabilidad te desestabiliza, y te incomoda mi comodidad. No me hago cargo de tu idiotez mental, de tu patética forma de hablar, de tu problema para ser vos sin impedirle ser a los demás...
Me irritás, sí.
Me generás sentimientos muy poco felices y tengo ganas de sacudirte fuerte para ver si se te acomodan un poco las ideas en la cabeza, a ver si las neuronas que tenés las usás para algo más productivo, que hacer pilates y aprovecharte de tu poder de dueña y Miss Controladora de vidas ajenas las veinticuatro horas del día todo el mes.
Me dan ganas de no haberte conocido.
Porque en el medio, conocí personas y un lugar hermosos, y si me voy, me voy y dejo todo.
Como siempre, no se puede llevar a cuestas ni todo lo bueno, ni todo lo malo.
Lo primero se hace imposible, por la individualidad que uno conserva a pesar de la sociabilidad constante. Aunque me quedo con cada mirada y palabra tuya que me hizo bien, tu compañía la llevo conmigo y no la voy a perder.
Lo segundo nos mata por el peso y el desgaste, la muerte en vida que supone el no descarte de las malas ondas que nos invaden, la violencia con la que me encaraste, solo para sentirte mejor. Sos triste.
No quiero coleccionar malos momentos, malos recuerdos, ya bastantes contracturas son inevitables. Y aunque te encajaría una trompada en el medio de la cara, no lo hago, porque sé que voy a arrepentirme. A lo sumo te robaría plata...
No tengo porqué bancarme tu forma de ser, si no te debo nada ni vos a mi, desde el comienzo me dio lo mismo tu existir.
¿Qué te pasa? ¡¿Qué te falta para vivir?!
Que precisás mi fuerza para acrecentar la tuya, los pies de otros para caminar, y la habilidad de otros en la cocina para comer todos los días como cerdita, y de las máquinas y las cintas para quemar toda esa grasita que tanto te disgusta y que te impulsa a ver programas donde gordos obesos son el centro de atención.
Qué débil, insegura, increíblemente dependiente y descarada.
Qué bronca, que me hagas malgastar mente y cuerpo en algo tan ajeno a la vida que quiero y decido todos los días vivir.
Qué ganas de irme al carajo y nunca cruzarme con gente como vos.
Pero sé que lo segundo es demasiado pedir,
así que pido tolerancia y paz interna para aguantar y no sufrir.
Si me voy, será con la cabeza en alto, y luego de tomarme un café.
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