Extraño esa ternura,
extraño ese "poder todo".
Esa magia que tanto me hace reír,
esa locura que jamás me haría sufrir.
Salvo que no la tenga conmigo,
como ahora que de tanto amar,
de tanto querer,
te alejas un poquito,
o mucho,
muchísimo,
y siento que lo pierdo todo,
y que lo "puedo nada".
Del todo a la nada en un instante,
como ese corazón que ahora late.
Que la impotencia se apodera de mí,
como aquel día en que nací.
Dependía puramente de la bondad ajena,
de que me cuiden,
de que me quieran,
sin importar mis fuerzas,
mis defensas,
indefensa.
Sí,
indefensa,
así estoy ante ese amor,
así estoy ante el dolor,
ese que aparece cuando se fuga el cariño,
cuando dejas de mirarme de ese modo tan genuino,
cuando no te tengo cerca,
irradiando sol y certezas.
Pero es que,
¿todo lo que queda son mentiras?,
¿todo lo que queda son las ruinas?,
aquello que se construyó en segundos,
segundos eternos como los que construyeron el mundo,
piedritas de colores, y un par de gestos tuyos,
¿todo aquello se evaporó en un minuto?,
¿no hay nada por acá que no sea nulo?
Me niego a creer que se acaba lo profundo,
me niego a pensar que termina y sigo,
sigo desperdiciando palabras en continuo,
sigo sintiendo un profundo vacío.
Lleno de esperanzas desesperanzadas,
de esas que no se van ni aunque les pegues patadas,
y lo digo porque lo intenté,
sacar a golpes lo que me pasaba,
pero solo yo los recibía,
solo yo los entendía,
y no alcanzó con un poco de rabia contenida.
Falta que aparezca un nuevo horizonte,
algo que de lejos se aprecia como norte,
algo que me impulse a caminar sin titubear,
y me enamore nuevamente,
de su encanto transparente.
Transparente como la duda misma,
que de tan confusa se vuelve nítida,
real como el deseo y la vida.
Pero ¿qué hablo de vida?,
si no la comprendo todavía...
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