martes, 13 de agosto de 2013

Cambiar lo que puede cambiar

La realidad es todo,
lo que nos gusta y lo que no.
A lo que estamos acostumbrados,
y lo que de pronto aparece y nos recuerda que hay tantas cosas por conocer.
También aquello que jamás conoceremos,
aún queriendo conocerlo todo.
No alcanza,
no me alcanza,
me sobra,
me falta.
No es que me moleste como eres,
simplemente puedo ver,
-y digo ver porque no encuentro otra palabra más acorde-,
esa carita que antes reía,
y que ahora por tu pasajera ceguedad,
se encuentra sumida en un oscuro pesar.
Un pesar que me llega,
que me encara,
y me da un par de golpes,
si estoy un poco distraída.
Un pesar que me prohíbe mirar para otro lado,
me corrijo,
yo me lo prohíbo,
mejor dicho se me impone.
Se me impone que se me presente la realidad tal cual es,
y no me creo ningún dios al decirlo,
así que lo repito,
tal cual es.
Contradicciones que jamás desaparecerán,
comunicación,
y mucha descomunicación,
esa que está acompañada de palabras por doquier y letras a granel.
Hablas con una lógica que no me interesa en lo más mínimo entender,
y perdón por ofender.
Escribo y la lágrima se seca,
pero sé que existió para darme cuenta,
de que uno no elige lo que lo afecta.
Uno no elige entender,
pero sí puede elegir esconder.
Somos capaces de volver a tropezar mil veces con la misma piedra,
por el simple hecho de no querer reconocer que siempre seguirá siendo la misma,
por esperar que mágicamente se transforme en piedra buena,
de esas que solo existen en nuestra mente,
esas que tienen la capacidad de hacerse a un costado para dejarnos pasar.
La verdad es que solo nosotros podemos cambiar,
y esquivarla para avanzar.
Tal vez amemos a aquella piedra,
tal vez amemos a la piedra mágica de nuestro soñar,
pero la piedra en el camino que nos hace tropezar,
piedra en el camino quedará.
Es cuestión de elegir no olvidar lo que nos hace mal,
porque si una vez lo hizo,
siempre lo hará,
salvo que cambiemos de ruta al caminar.



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