Me despertaba la mayoría de las mañanas con Leandro cantando unos tangos, acompañándose a sí mismo con la criolla. Solía amanecer bastante temprano. Me gustaba abrir los ojos así, con música, con canto. Estábamos a unos cuartos y a un pasillo de distancia, por lo que me llegaba la melodía como desde lejos, como un llamado a levantarme pero de a poco, a mi ritmo.
Leandro estudiaba teatro con Norman Briski y participaba de algunas de sus obras. Pintaba y dibujaba, muy bien por cierto ahora que recuerdo, de un modo un poco alocado, profundo, derrochando fácilmente experiencias vividas en cada trazo... Y era amante del tango y algún otro folklore, tanto así que con él comenzaba cada día, del mismo modo que yo lo comenzaba con un buen café con leche, de seguro un libro, en ese patio interno donde con suerte daba el sol, justo al lado de la habitación de Leandro, y de la cocina.
Hace poco vi un video, actual, un tanguero, con pinta de metalero a mi parecer, cantando a dúo junto a Charly García. Confesiones de Invierno. En una escena descontracturada rodeados de otra gente también reunida, se notaba que había "pintado", rememorar tan bello arte, intercambiar música y voces de ahora y de antes. Ese cantante no era Leandro. Él es Hernan "Cucuza" Castiello.
Leandro estaba de traje, sonriendo, cantando casi para sus adentros, sentado cómodamente en un sillón individual, a un lado suyo una chica bastante bonita, sentada con las piernas cruzadas, sonriendo también expectante de lo que se estaba dando, una situación espontánea, creativa, emotiva... Y a su otro lado, el mismísimo Charly, cantando y transmitiendo cierta paz y contento en su rostro, en cada estrofa que recuerda, de esa canción que el tanguero Cucuza se sabía a la perfección, a la que le daba tan linda impronta con su voz fuerte de tango. A Charly parecía, la letra le llegaba desde un más allá, salía desde su propio espíritu y por eso la alegría, ese tema como otros había sido símbolo cuando el atravesaba su adolescencia, siendo tan pequeño y tan enorme a la vez.
Así que ahí estaba aquel Leandro plácidamente acompañando aquel encuentro entre gente del tango moderno, contemporáneo, y el amado Charly ya tan grande, ya tan eternamente imprescindible y hermoso.
Ese Leandro que todas las mañanas, en una casa antigua sobre la calle Tacuarí, dejando atrás Monserrat para adentrarse al corazón de San Telmo, recibía al sol con unos tangos, que me hacían despertarme cada día, ahora que lo pienso, con un poquito de esperanza extra, logrando que un deseo por ejemplo, como el de conocer a Charly, habitar su hábitat, al menos un día, unos ratos, que me cante Confesiones de Invierno al lado, sea más que sueño, algo sumamente posible. Una simpleza más de la vida, con toda la importancia que puede tener tan solo un momento.
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